La pregunta que hizo a Sara Blakely inmune al rechazo

Antes de crear su empresa, Sara Blakely pasó siete años vendiendo máquinas de fax puerta a puerta y escuchando “no” todos los días. Lo que la sostuvo no fue ser la más inteligente o calificada. Aquí te cuento su historia.

10/27/20263 min read

Sara Blakery pasó de vender máquinas de fax puerta a puerta a ser la mujer multimillonaria más joven del mundo hecha a pulso. Cuando conocí su historia entendí mucho mejor lo que un líder puede hacer para mejorar la tolerancia al fracaso de su equipo.

Cuando Sara empezó a vender máquinas de fax puerta a puerta no recibió contactos de clientes interesados. Su jefe sólo le entregó una lista con códigos postales con “oportunidades” para que fuera a contactarlos.

Ella lo recuerda así: “Me levantaba por la mañana y conducía de aquí para allá, vendiendo de puerta en puerta, de ocho de la mañana a cinco de la tarde. La mayoría de las veces me cerraban la puerta en las narices. Rompían mi tarjeta de visita al menos una vez por semana, e incluso la policía me desalojo de varios edificios.”

Años después, decidió fundar Spanx con $5.000 dólares, todos sus ahorros. Su idea era sencilla: crear unas medias que moldearan la figura y fueran cómodas, sin que las mujeres se sintieran atrapadas en ellas.

Los fabricantes a los que les presentaba la idea se burlaban de ella. Algunos pensaban que era una broma de cámara oculta, porque la idea les parecía demasiado mala para ser verdad. Además, Sara no tenía experiencia en la moda ni conocía cómo funcionaba ese mundo.

Pero de nuevo, Sara demostró que podía aguantar el rechazo una y otra vez más que cualquiera.

Al final convenció a un fabricante textil, y en el año 2000 lanzó su primer producto. Fue un éxito inmediato y Sara reinventó la categoría del shapewear.

Aquí te dejo una foto donde Oprah la recomendó en su programa. Dijo que Spanx era una de sus cosas favoritas.

Hasta aquí, la historia de Sara nos enseña que vender cara a cara e impulsar tu propio negocio, es una de las formas más rápidas de exponerse al rechazo. Como mínimo tienes un ‘no’ garantizado cada vez que inicias una conversación. Pero también debes contar con que los insultos y el desprecio no van a faltar.

Por eso al principió pensé que Sara había desarrollado su tolerancia al rechazo gracias a haber sido una vendedora excepcional.

Estaba equivocado. Había algo más que la había preparado para soportar la presión del fracaso.

Resulta que cuando era pequeña, su papá le preguntaba cada semana en la mesa del comedor:

“¿En qué has fallado esta semana?”

Si Sara no tenía ningún error que contarle, él se sentía decepcionado. Esa actitud la marcó. Porque la mayoría de las personas no nos arriesgamos por miedo a lo que piense la gente o quizás miedo a no ver que las cosas salen perfectas. Pero Su papá le enseñó a definir el fracaso como no intentar algo, y no como no conseguir el resultado que esperabas.

Esa pregunta le dio una tolerancia al fracaso fuera de lo común. Quizás sin esa conversación semanal sobre sus errores, Spanx no habría existido

¿Qué podemos aprender los líderes sobre esto?

Fallar duele. A nadie le gusta cargar con el peso de un error, por pequeño que sea. Y en muchos equipos el error se esconde, porque admitirlo parece peligroso.

Por eso necesitamos personas que nos ayuden a ver con claridad qué salió mal y, sobre todo, que nos animen a intentarlo de nuevo.

Matt Shirley lo ilustra de forma magistral con esta imagen:

Sara aprendió esto de niña gracias a su papá. Pero muchos de nosotros no tuvimos esas conversaciones en casa.

Por eso creo que, como líder, te toca a ti crear ese espacio.

Hace poco escribí sobre cómo tener conversaciones de feedback que hagan crecer a las personas. Puedes leerlo aquí.

Jeff Bezos lo resume así cuando habla de cómo Amazon impulsa la innovación:

“Nuestro éxito en Amazon depende de cuántos experimentos hacemos por año, por mes, por semana, por día.”

Y también dice:

“Si duplicas el número de experimentos que haces al año, vas a duplicar tu capacidad de inventar.”

Sin tolerancia al error no hay experimentos. Sin experimentos, tu equipo no crece.

Así que esta semana prueba algo sencillo: en tu próxima reunión de equipo, haz la pregunta del papá de Sara: “¿En qué fallamos esta semana y qué aprendimos?” Empieza tú contando un error propio y agradece a quien se anime a compartir el suyo. Así es como el fracaso deja de dar miedo.